Kiwi y piña“NuPepafinales felicesestra experiencia como casa de acogida comenzó en septiembre de 2014. Por aquel entonces ya éramos socios masvideros y en casa convivíamos también con Luke, joven galgo descarado y Curro, gato más bueno que el pan de tahona. Al volver de vacaciones nos encontramos con que MasVida pedía ayuda para cuatro bebés de gato que habían encontrado en el jardín de Sandra, compi masvidera, así que ante la urgencia cerramos los ojos, nos tapamos la nariz y  nos presentamos voluntarios.

Por cosas de la vida, acabamos acogiendo no a uno, si no a dos de los hermanos: el negrete Viento y la atigrada Marea. Como gesto estaba muy bien pero por la cabeza pasaban letreros luminosos: ¡madre mía, dos a la vez!!, ¿cómo me he metido en este marrón?, ¿cómo vamos a juntarlos con los otros?, ¿y si no salen?, esto va a parecer  El Camarote de los Hermanos Marx….pero con el paso de los días una se acaba dando  cuenta de que nada es para tanto, que  con una correcta presentación te garantiza muchas cosas, que la naturaleza es más sencilla de lo que pensamos a veces y de que lo de “dos mejor que uno” es una de las grandes verdades del mundo animal. Se apoyan, aprenden uno del otro, se sociabilizan mucho mejor y como están más entretenidos las maldades y los daños colaterales son más llevaderos

En cuanto pasaron su cuarentena, empezaron a descubrir mundo y a trastear por casa sin parar. La adaptación con Curro y Luke fue estupenda y al cabo de un mes y pico, Viento encontró su familia y fue adoptado. La verdad es que cuando un animal se va de casa te quedas con el corazón partido: por una parte, con mucha pena porque se marcha de casa y deja un hueco; por otra, con la sensación de haber hecho algo bueno, algo que merece la pena.

Y ahí se quedó Marea, que durante todo este tiempo había estado haciéndose hueco y poniendo en práctica su plan de discreto camelo. Y su plan resultó ser de lo más exitoso porque nos cameló a todos: a la familia, a los amigos y a todo el que pasaba por casa. Pero sobre todo se cameló a Currito, que la adoptó y eso fue definitivo para que la empadronáramos en casa. Así que se quedó y como los grandes artistas cambió su nombre de Marea a Pepa, y pasó a ser conocida en los círculos más íntimos como Pepinilla. La Pepi es todo un personaje: charlatana, muuuy simpática, vehemente, superexpresiva, cariñosa, más bruta que un arao (para ser una gata, no es nada fina, la verdad). Pero es única, todo un carácter.

Después de esto primera experiencia, hemos hecho de acogidas puntuales con otros masviditos hasta que esta primavera el destino nos cruzó con los hermanos fruteros: Kiwi y Piña.

Eran dos hermanos minúsculos y preciosos. Kiwi era blanco y redooondo, todo un osete. Piña era otro cantar: apenas se dejaba tocar y bufaba, bufaba y bufaba; la pobre tenía mucho miedo. Así que nos remangamos, empezamos trabajo de campo y poco a poco nos fuimos haciendo amigas: con comida (infinitas gracias al pavo, al jamón york y a las latitas de Gourmet), yéndome a leer y a ver pelis a la habitación dónde estaban al principio, jugando con la plumita (esa gran aliada)… dejando que ella fuera acercándose a su ritmo, en fin, tiempo y cariño, nuestra relación no ha sido un “qquí te pillo aquí te mato”, hubo que cortejarla. Por aquel entonces Kiwi ya se relacionaba con el resto, Piña iba a su ritmo y tardó un poco más pero una vez se soltó la cosa fue como la seda. Aquí volvió a ponerse en práctica el “dos mejor que uno” porque entre ellos se apoyaron un montón. Kiwi no lo necesitaba tanto pero a Piña le vino de campanillas.

Recuerdo que en cuanto los conocí, pensé “estos duran dos días en casa, los van a adoptar enseguida, si son una maravilla”. Pero pasó la primavera y nada, después llegó el verano y ellos eran tíos felices, se pasaban el día de carreras, de juegos en la terraza, liándola a la menor oportunidad, incordiando a los mayores…. Yo seguía esperanzada con que su familia estaba a la vuelta de la esquina pero el verano había sido raro, el tiempo pasaba y sorprendentemente nadie preguntaba por ellos. A finales de septiembre se planteó una situación en la que hubo que decidir y una persona muy sabia me dijo que había algunos animales que si dejabas marchar te arrepentías siempre…Y ganó el poder de la fruta así que ya somos oficialmente El camarote de los Hermanos Marx.

Kiwi tenía que haberse llamado Pancho, es redondo, un bonachón entrañable, trasto, su postura natural es panza arriba para que le rasquen, come como un buey adulto y jamás de los jamases tiene un mal gesto. Piña es la gran revelación del año: cariñosa (ahora incluso pesada, me atrevería a decir), tierna, una belleza, le encanta robar estropajos y ponerse encima a ronronear. Y siempre que llamas a alguien en casa cree que es a ella y se planta encima a pedir mimos.

Por todo esto quiero dar las gracias a mucha gente: a Sandra, por descubrirme Mas Vida y el mundo de la protección animal, a MasVida por presentarme a toda esta tropa, meterme en el mundillo de la acogida y permitirme experimentar sensaciones tan chulas,  a Ruth, por ser la mejor consejera, apoyo y enlace gatuno que se puede tener, a Silvia por cuidar tan bien de su salud de todos, a mi madre por estar pico y pala para que todos se hayan quedado en casa, a Benja por llevar con tanta alegría tener un núcleo zoológico, a Luke y a Curro por ser unos anfitriones de manual y tener esa santa paciencia. Y como no, a ellos, que aunque pasen gran parte de su tiempo ideando maldades, son payasos, divertidos,  balsámicos y hacen los días más azules.

Así que ahora somos oficialmente familia numerosa: un perro atolondrado y cuatro gatos con la cola siempre tiesa. Es más trabajo, el bolsillo lo nota, los rollos de papel higiénico también, los cajones casi siempre están abiertos, tardamos media hora en hacer la cama y hay que pedir la vez para el sofá pero también hay más risas, más buen rollo, descuento en el veterinario y más puntos en Zooplus.

Y colorín colorado, aquí acaba el cuento de una casa de acogida regulera  convertida en adoptante feliz”

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